Exalumna del Jiménez Montoya. Pasado, presente y futuro de los alumnos del centro

Nueva entrada en la sección de LIBROS VIVOS:

cEn 2016, en la Complutense, en un Congreso

     «Adelante, siempre adelante», me digo a menudo con Galdós y su Teodoro Golfín

      No puedo evitar sonreír cuando escucho decir a alguien que el camino de las “Letras” es el camino fácil. Se necesita mucha perseverancia, fuerzas y autodeterminación para salir adelante, en pos de colocarse en algún lugar entre el punto de salida y la meta que nosotros mismos nos vamos imponiendo con el paso de los años. Eso sí, siempre con espíritu de superación.

      Reconozco que al principio, en el instituto, mis ideas sobre qué estudiar fueron divagando entre un punto y otro, entre esto o aquello, Ciencias o Letras… Tras meditar mucho la decisión me decanté por aquello que más me gustaba y llamaba la atención. A lo largo de los años de la ESO, gracias a mis profesores y profesoras, fui acumulando una serie de conocimientos que me llevaron a querer profundizar más en historia, en diferentes idiomas, en literatura, música, etc. A la labor de estos profesores le debo, entre otras cosas, el haber conocido los que son mis dos libros favoritos, El caballero inexistente, de Italo Calvino, y Marianela, de Benito Pérez Galdós. La frase del personaje Teodoro Golfín, adelante, siempre adelante, aún resuena en mi cabeza cada vez que oteo el horizonte que tengo por delante, lleno de retos y promesas. Muchas veces este horizonte me plantea la misma pregunta que Carlomagno a Agilulfo, el protagonista del libro de Calvino: ¿y cómo es que me las apaño para seguir en la causa? Daré la misma respuesta que el caballero: con fuerza de voluntad.

      Finalmente opté por hacer el Bachillerato de Humanidades, con la firme convicción de que estudiaría Traducción e Interpretación. Las experiencias del viaje de estudios a Italia y del intercambio que haría en Polonia alimentaron las llamas de esa ilusión, y ni corta ni perezosa, me volqué totalmente en los estudios para lograrlo. No obstante, durante esos dos años iba escuchando una vocecilla en mi interior que me llamaba hacia otro lugar. He de reconocer que, cuando en 2º de Bachillerato comencé a estudiar Historia del Arte, me mostraba un poco escéptica hacia la asignatura. Me fue ganando poco a poco, llamándome la atención los gestos escondidos en la pintura, en la arquitectura y en la escultura. A través de ellos se podían otear, a vista de pájaro, otros problemas de la cultura y del ser humano que también habían reflejado la Literatura, la Filosofía e incluso las mismas Ciencias Naturales. Cuanto más profundizaba, más me iba fascinando lo que descubría.

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En 2010, en la Biblioteca del Jiménez Montoya